En Atenas la mujer carecía de derechos políticos y jurídicos. En estos aspectos su situación era similar a la de un esclavo, aunque fuera la dueña que dirigiera y gobernara la casa con autoridad, cuyo símbolo eran las llaves.
Desde su infancia permanecía recluida en casa y tenía que vivir lejos de las miradas de los hombres incluso de los de su familia. Su educación estaba siempre al cargo de una mujer y lo único que aprendía eran actividades “propias de su sexo”, como cocinar, bordar, tejer la lana, etc. Algunas más afortunadas, algo de música, lectura, etc.
Se casaba a edad muy temprana y era su padre o tutor quien elegía el marido. El fin primordial del matrimonio era el de tener hijos. Una vez casada, la mujer pasaba a ocupar los lugares destinados a ella, el gineceo, de donde casi nunca salía y cuando lo hacía era en compañía de una esclava. Las de clase más humilde tenían, en este aspecto, una ventaja sobre las de las clases más altas, ya que al no disponer de esclavos o esclavas que les hicieran la compra, ir a buscar agua o cualquier otro trabajo, eran ellas mismas las que tenían que salir para hacerlo, y así de paso podían relacionarse un poco con las demás mujeres.
Únicamente podían salir de casa en los acontecimientos familiares y en las fiestas religiosas. No podían asistir a los juegos públicos pero sí al teatro. Vivía totalmente alejada de la vida social de su marido e incluso cuando éste invitaba a sus amigos a su casa, la mujer no solía aparecer por la sala del banquete.
Tras las guerras del Peloponeso (432-404 a.C.) la situación de la mujer ateniense mejoró bastante y las costumbres se hicieron más libres, a imitación de las mujeres espartanas, que gozaban de muchas más ventajas que éstas.